El vuelo de los años

 
"Todo aquello que hemos encontrado al llegar, contemplará de forma impasible nuestros aspavientos, nos verá hacer unas muecas y asistirá al poco tiempo, indiferente, al inevitable fin que a todos nos aguarda".  Alfredo Rojas Navarro
 
Mientras los primeros rayos de Sol penetran tímidamente a través de los resquicios de la persiana, el tío Lorenzo comienza a levantarse parsimoniosamente. Siente un mundo de dolores atravesando de arriba abajo su esqueleto pero estoicamente lo soporta y consigue sentarse en la cama. Lo primero que hace antes de ponerse de pie es dar gracias por disponer de un nuevo día; lo segundo, buscar a tientas su garrote, su fiel garrote que le ha acompañado durante sus últimos treinta años. Lo aferra con las exiguas fuerzas que sus temblorosas manos pueden ofrecerle y al asirlo, renace en él la seguridad que ya no encuentra en su espíritu.
 
-De mañana no pasa, al cuadrao seguro; pero hoy pa´l Paseo -murmura al tiempo que se levanta.
 
Porque invariablemente, el anciano baja al Paseo todas las mañanas desde el día siguiente en que dejó de trabajar e invariablemente realiza el mismo ritual, sigue el mismo itinerario. Sólo el invierno, con su frío impasible y cruel, y las Fiestas, evitan que el tío Lorenzo realice su visita diaria a ese lugar.
 
Tras un esfuerzo supremo consigue ponerse la bata y las zapatillas, sale de la habitación y se dirige a la cocina. Cuando llega, encuentra a su hija preparando el desayuno al tiempo que, distraídamente, canturrea alguna musiquilla que él no consigue identificar, aunque le resulta familiar. Al percatarse de su presencia, la mujer regaña al anciano por levantarse tan temprano, rogándole que vuelva a la cama.
 
-Siempre estás con la misma cantamusa; ¿pa qué quieres que me quede acostado?, ¿pa que mire el techo? Ya lo tengo mu visto.
 
Con un suspiro de resignación, la mujer no insiste y le ayuda a sentarse; después, lle sirve un vaso de leche y unas galletas. Él se queda mirando el desayuno sin mostrar interés; el apetito hace tiempo que le ha abandonado pero aún así intenta comer algo para no preocupar a su hija. Ésta ha vuelto a su labor y a su canturreo y, casi sin darse cuenta, el tío Lorenzo se sumerge en sus pensamientos bañados de añoranza e influenciado posiblemente por la musiquilla, le vienen a la memoria recuerdos de su niñez.
 
Recuerdos de olores, los que salían de la cocina cuando los días previos a las Fiestas, su se madre se encerraba en ella para preparar las magdalenas, los almendrados, los rollos de vino ...; especialmente grato le resulta evocar los graciosos moldes con que se hacían los mantecados, que les daban la apariencia de estrella, de media luna o de corazón. Recuerdos de los olores del romero para los arcos, de la sabina y de la alábega, que inundaban todos los rincones del pueblo al llegar el día 5. Por la mañana, su padre le cogía de la mano y bajaban los dos desde la Pedrera hasta llegar a la calle Ancha, donde todo parecía transformado, incluida la gente que iba y venía con la laboriosa actividad de la hormiga.
 
-C´azacanao qu´iba to´l personal esa mañana -piensa mientras termina de desayunar.
 
Desayunar sale de la cocina y se sienta un rato en la salita para ver la televisión. Aburrido con el programa que está viendo, se levanta y agarra un álbum que pacientemente descansa en el fondo de un cajón en una librería que ocupa la pared de la derecha. Se sienta de nuevo y hojea las fotos que contiene el cuaderno. Irremediablemente se detiene en una en la que aparece él de joven junto a su hermano; no debe tener más de quince años y sonríe, sonríe con la sonrisa provocadora que sólo la adolescencia nos permite esbozar. Ahora ya casi no ríe y su hermano...
 
Su hermano era una persona formidable, llena de vitalidad. El tío Lorenzo recuerda vivamente como los dos plantaban alábega, no mucho, únicamente un surco de ocho o diez matas y el día 4 recogían la mitad para llenar la casa de la fragancia festera que sólo esa planta ofrece; hacia el día 8, iban a por el resto y la regalaban a cualquiera que se cruzara con ellos. Después, con el paso de los años, empezaron a recogerla el día 5 por la mañana y al faltar su hermano, un sobrino suyo se encargó de acompañarle para cumplir con la tradición familiar.
 
Ahora, mientras pasa con delicadeza su dedo índice por la amarillenta foto, el tío Lorenzo no puede evitar que una lágrima aflore y discurra apagadamente por la enjuta mejilla. Porque desde el día en que murió su hermano, el anciano guarda en su fuero interno un llanto apagado por aquel hombre que recuerda como el primer amigo que tuvo; y de cuando en cuando, deja escapar en esa lágrima parte de aquel llanto.
 
-Si es que cada día que pasa estoy más blandico.
 
Se restriega los ojos impulsivamente con las mangas de la camisa y después vuelve a su habitación a vestirse. Su hija le ha dejado la ropa preparada sobre la cama ya hecha. Ella le ayudaría encantada a vestirse, y el hombre lo sabe, pero su orgullo, ese orgullo pausado que siempre le ha acompañado , esa necesidad de seguir sintiéndose útil, de seguir sintiéndose vivo, le puede más y siempre que ella le insinúa algo, manda con cajas destempladas.
 
Antes de salir del dormitorio cumple con el ritual diario de besar la fotografía que cuelga sobre la pared que hay frente a la cama. En la imagen aparece él junto a su esposa en una de esos típicos retratos de casados que visten ropas solemnes y muestran rostros más solemnes todavía.
 
Su querida esposa... ya va para treinta años que murió y la echa de menos tanto o más que el primer día ¡Que mujer! Nunca olvidará cómo la conoció; fue en una calurosa noche de Fiestas; él iba con la pandilla pero en el momento en que la vio, se olvidó de la existencia de sus amigos y, armándose de valor, se fue directo hacia la muchacha.
 
-Con el traje puesto paece que se sentía uno más echao p´alante pa arrimarse a la chiquilla.
 
Enseguida se hicieron novios y siete años después contraían matrimonio en la iglesia de Santa María, que era adonde le correspondía a ella. Fueron treinta años juntos en los que hubo de todo, pero especialmente amor. Aquella pérdida dejó hundido al tío Lorenzo y necesitó de mucho tiempo para recobrarse del golpe. Su filosofía de vida le hizo comprender que había que continuar hace delante; aún así, no tardó muchos años en colgar el traje de masero porque sin ella nada parecía igual.
 
Muchos años después, cuando se permitió a las mujeres desfilar en las Fiestas, cuestión que él defendió a ultranza en sus acaloradas discusiones con el tío Andrés, le supuso un momento agridulce, porque sabía que su mujer, de estar viva, no habría deseado nada más que ponerse un traje, el que hubiera sido, para poder desfilar como la que más.
 
Sumergido en esto pensamientos, sale definitivamente de la habitación y se dirige de nuevo a la cocina para decirle a su hija que se va a dar su paseo cotidiano. "No tarde mucho, padre" le ruega ella; "como to´s los días" le responde él y ambos saben que para cuando vuelva, la comida se habrá enfriado y estará hecha un emplasto.
 
Enfila la calle San Román hacia abajo en dirección a la Constitución. Por el camino se cruza convecinos a los que saluda cortésmente. Por desgracia, ahora sólo hay saludos para conocidos, porque amigos ya casi no le quedan. Camina despacio, apoyando su envejecida osamenta sobre el desgastado garrote de madera y con la cabeza vencida hacia adelante debido a su encorvada espalda de agricultor.
 
Cuando llega a la calle Ancha, tira hacia la izquierda en busca de la Puerta Almansa y desde allí, continuará hacia abajo para llegar hasta el teatro, donde mirará la esquela, como cada día. Antes lo hacía en el Negresco o como quiera que se llame ahora, pero los tiempos cambian hasta en cuestiones de difuntos.
 
-¡Anda, si s´ha muerto el Celespín! -exclama al identificar el nombre en el papel adherido al cristal- otro pa´l corral ande no cantan los pollos. El otro día qu´estuve yo hablando con él y ya ves...
 
Después continúa la marcha cruzando el Paseo por la zona del parterre, hasta dar con sus doloridos huesos en el banco de costumbre, ese que está justo delante del monumento a Chapí y desde donde se pueden ver los trenes que vienen y se van; ahora, la forja ha sustituido a la madera, pero en esencia, el banco sigue siendo el mismo. En realizar todo el recorrido, el tío Lorenzo emplea más de una hora y para cuando quiere sentarse, pasan de las once. El Sol de abril comienza a calentar de manera insistente pero el anciano nota que, aún con la chaqueta de pana, tiene frío.
 
Como está reciente en su memoria, se pone a pensar en Manolo "el Celespín" y por extensión, de todos aquellos que han ido dejando su hueco en ese episodio de la historia que les ha tocado vivir. Se acuerda de Pere "El arrecalcao", del tío de Juan, de "El Espantagatos", de los Pimientos, esos que eran estudiantes, de "El sastrecico", de Chimo Pérez, del "Esquilaor", el que escribía en los papeles de las Fiestas, y de tantos otros que se han ido marchando, dejando únicamente rostros borrosos que la vejez aún hace más confusos.
 
La llegada de un tren a la estación lo devuelve a la realidad, lo trae de nuevo al banco donde su cansado cuerpo reposa, el mismo lugar en el que se ha sentado durante las últimas tres décadas. Observa a los viajeros que salen cargados de bolsas y maletas; no son muchos, cuatro o cinco a lo sumo, pero en sus gestos, en sus movimientos, se puede entrever el cansancio de un largo viaje. Poco a poco, como no queriendo molestar, el tren inicia de nuevos su marcha y se pierde más allá de lo que la antigua Electro Harinera permite ver.
 
La espera empieza a aburrirle, por lo que dirige su mirada hacia el monumento, ese conjunto de figuras eternamente congeladas en la caprichosa postura que Navarro Santafé eligió para ellas; la antigua piedra ha dado paso ahora al bronce, pero las estatuas siguen conservando intacto el espíritu que su creador imprimió en ellas. El gesto adusto del compositor representa, especialmente, la idea de perpetuidad que la mano humana necesita crear para compensar, en parte, su condición mortal.
 
-Míra al Cahpí, ahí siempre repopao en su asiento -se dice para sí.
 
Con gesto impaciente, extrae del bolsillo de su chaqueta el viejo reloj de cadena que tantos años atrás, le regalara su padre y mira las saetas: las doce menos veinte. No podrá quedarse mucho tiempo porque se acerca la hora de comer y, además, antes quiere pasarse por la Iglesia, para darle el pésame a la familia del "Celespín" y ver si coincide con algún conocido con quien hablar de las Fiestas.
 
Al poco, pasa por delante de él un hijo del "Pellejero", al que saluda de manera tímida, recibiendo una respuesta parecida. "El pellejero" ... Apenas puede recordar ya la tan traída y llevada anécdota de este personaje, pero sí recuerda que era muy graciosa. Aún así, si ese hecho fue gracioso, aún lo fue más el tiempo que llevó al tío Andrés engañado con que se la iba a contar.
 
-Me paece a mí qu´hoy tampoco abajas, Andresico. Pos peor pa ti que no te cuento hoy tampoco la pasá del Pellejero -dice en voz alta como reforzando sus pensamientos.
 
Pero el tío Andrés no bajará hoy, ni mañana, ni tampoco ha bajado en los últimos cuatro meses, porque el tío Andrés falleció, aquejado por una larga enfermedad, cuando el invierno era más virulento, poco antes de Navidad. El tío Lorenzo lo sabe; él fue el primero en acercarse a su casa al conocerse la noticia, él fue el primero en acompañar a su mujer en esos amargos momentos, y él habría sido el primero en portar a hombros el ataúd de haber tenido las fuerzas necesarias para ello.
 
A pesar de eso, el anciano acude puntualmente a la cita que reunía mañana tras mañana a los dos amigos. Y el tío Lorenzo espera que su Andresico aparezca en cualquier momento, necesita creer que aparecerá para poder sentir que no se le escapa el alma del todo.
 
Ahora, cuando las campanas de Santiago comienzan a tañer lánguidamente los compases de "La Revoltosa", el tío Loreno dirige su mirada al cielo y, como cada día desde la muerte de su compañero de "Charraicas", suelta la misma frase:
 
-Con que ibas a durar más años que un traje en un cofre; si siempre has sío d´a perro-gordo.
 
Aún permanece unos segundos con la cabeza inclinada hacia arriba, como esperando una respuesta que no llegará. Después, se levanta trabajosamente del bando con la ayuda del garrote. Mira alrededor suyo observando todos y cada uno de los elementos que componen el paisaje: los árboles, las plantas, la estación de ferrocarril, el monumento a Chapí, el bar Flor, ese bar en el que, la tarde del día 5, tantas veces compartiera barra y espera con otros compañeros maseros. Pero sobre todo, se queda mirando el banco en el que ha permanecido sentado la última hora, él siente que casi el último siglo, y lo hace con una mirada de profunda tristeza, esa tristeza que sólo saben expresar los ojos que están convencidos de no volver a ver un lugar.
 
Porque desde que falta su amigo, el tío Lorenzo se despide del Paseo todos los días con la intimidad que únicamente el pensamiento garantiza, y lo hace por si es la última vez que se despide. Tras un hondo suspiro, inicia el lento peregrinar que le llevará de vuelta a casa. No se detiene, no vuelve la vista atrás. Ya está todo dicho.
 
Y el bando, los árboles, el monumento, testigos mudos de las "charraicas", permanecen hoy más animados que nunca. Esta tarde, o mañana, o el mes que viene, serán otras personas las que dejarán un trozo de su vida allí, y después esas personas se irán, y vendrán otras. Pero esos elementos permanecerán allí, en discreto silencio, a expensas de la inestable perpetuidad de que están dotados.
 
Si la piedra, o el bronce, o la madera tuvieran la facultad de hablar, podrían contarnos tantas anécdotas, tantas historias, podrían desvelarnos tantas confesiones... Peno no hablan, sólo escuchan calladamente y esperan, esperan, esperan...
 
AL ESQUILAOR
En recuerdo
 
FRANCISCO JAVIER RODENAS MICÓ