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Iglesia de Ntra. Sra. de la Paz de Villena

Roberto Esquembre Ocetta 7/12/2013 Imprimir | Agregar a favoritos

Introducción

Para hablar de la iglesia de la Paz, hay que hablar de D. Jaime, su creador. Don Jaime fue el primer párroco de la parroquia Ntra. Sra. de la Paz de Villena. Llegó en el año 1963, proveniente de la parroquia de San Antonio Abad de Salinas. Fue a él a quien se le debe la creación de la nueva parroquia, incluyendo la construcción del templo. Antes, los vecinos del barrio se veían obligados a ir a otros templos de la ciudad si querían rezar, ir a misa... La parroquia contaba en sus inicios con alrededor de 3000 habitantes, los correspondientes a los que vivían en las calles que van desde la calle Luís García (números impares) bajando por la calle de la Virgen (números pares), incluyendo el colegio de los salesianos, hasta el comienzo norte de la ciudad. También le correspondía la pedanía de La Encina.

En un principio, el local que se había pensado de forma provisional era el antiguo Bar “Madrid”, donde se pagaban 800 ptas. mensuales. Allí, D. Jaime empezó a adquirir los elementos necesarios para constituir la parroquia. Todo lo conseguía a partir de lo que otras iglesias retiraban. Destacan, por ejemplo, las casullas que al principio llevaba el párroco, pues eran muy viejas y estaban deshilachadas. Por ello, tres o cuatro familias del barrio decidieron comprarlas nuevas. Compraron, pues, las casullas verde, morada y blanca (la roja no porque D. Jaime no lo consideraba necesario, ya que es la que menos se utiliza).

También era de esta época el primer confesionario de la parroquia, que llegó a ser utilizado una vez construido el templo. Lo único que fue adquirido de primera mano fue la custodia y el cáliz. La incomodidad era notable, pues el espacio era escaso e incómodo, por no estar pensado para cumplir la función de templo. Al principio había un altar muy rudimentario, y la sacristía, aparte de ser muy pequeña y contar con muy poco mobiliario, estaba separada del resto por una simple cortina de color rojo. De este modo, la necesidad de encontrar otro lugar más apropiado era apremiante, aunque es necesario remarcar que, desde el principio, D. Jaime fue muy querido por el barrio y el proyecto de la nueva parroquia fue recibido con mucho entusiasmo, de modo que las celebraciones siempre contaban con gran afluencia de feligreses. El barrio se sentía identificado con la nueva iglesia, aunque fuera muy rudimentaria, ya que, aunque no fuera tan cómoda y bonita como el esto de las iglesias villenenses, era la suya, la que ellos mismos estaban ayudando a sacar adelante.

Al poco, la parroquia fue trasladada a las antiguas cámaras frigoríficas de manzanas “Camfri”. A pesar de que el espacio era mayor, la iglesia había de ser montada y desmontada constantemente, dependiendo de las épocas de recolecta de la manzana. Además, el suelo era de arena. Así, la búsqueda de un nuevo local que albergara a la naciente parroquia continuó.

Entonces fue cuando uno de los constructores del también naciente barrio, don Luís Rico Boyer, le ofreció a nuestro primer párroco un local recién construido, el actual Bar “el Gordo”. Éste estaba situado en los bajos de unos nuevos edificios, con salida a la calle de la Virgen del Carmen y a la de San Martín de Porres. A cambio, D. Jaime tendría que comprar un piso. Así, el gasto ascendía a 40.000 pesetas por el piso y a 500 mensuales por el bajo. El sacerdote aceptó la oferta.

Allí tuvo sede nuestra parroquia hasta que, cinco años más tarde, D. Jaime se lanzó definitivamente a la búsqueda de unos terrenos en que construir un nuevo templo.

 

CONSTRUCCIÓN

Concepción: una iglesia post-conciliar.

El templo de la Paz responde a un nuevo modelo en la concepción de Iglesia, que brota del Concilio Vaticano II. Pocos templos de nueva planta se han construido desde entonces, pero en este se materializa el nuevo cambio de rumbo que asumió la Iglesia. Según palabras del arquitecto Tomás Horacio Jerez, haciendo referencia a la nueva arquitectura al servicio de la liturgia, en el indiferenciado y monótono tejido del actual contexto urbano es fundamental hallar un lugar reconocible donde el espíritu humano pueda encontrarse con Cristo en la liturgia. Tal lugar debe ser un espacio urbano destinado a dicho encuentro y en el que se agrupen los seres humanos en torno a la mesa y a la palabra; será pues reconocible como lugar santo. Deberá ser un espacio acogedor y accesible, donde el hombre pueda encontrarse consigo mismo y con el otro en la dimensión del diálogo, la amistad y oración, y estimular así la realización de la solidaridad humana.

Esta idea se ve reflejada claramente en el proyecto que concibió tanto don Jaime como el arquitecto. En ningún momento prevaleció la técnica, sino que ésta se puso al servicio de espacios en los que la importancia no está en ellos mismo sino en el significado de lo que contienen. Fue la creatividad, la intuición y la sensibilidad lo que guió el diseño de la construcción, sin olvidar que la realidad económica imponía unos límites que en ningún caso se pudieron rebasar.

A partir del Concilio Vaticano II, los seglares adquieren dentro del Iglesia un papel de protagonismo desconocido hasta el momento. Ya no solo la jerarquía marca las pautas y es el centro de la liturgia, sino que el pueblo se acerca al sacramento y Dios, a través de él, baja hasta el pueblo. ¿Cómo se traduce esto en la planta de una iglesia de nueva construcción? En primer lugar, se eliminan el mayor número de obstáculos técnicos y de formas que puedan dificultar y separar al pueblo del presbiterio: ya no se conciben las rejas, ni los grandes peldaños ni escaleras. La Paz diseñó su presbiterio en franca horizontalidad. Dios se pone a la altura del hombre. En segundo lugar, la planta ya no responde a la cruz latina prototipo durante tantos años sino que, por una parte, se ciñe al plano urbano con el que se cuenta, dejando en segundo lugar incluso la posible orientación hacia levante de su cabecera. En este caso el plano permitió que sí fuera posible, aunque posteriormente se modificó orientándolo al norte. En tercer lugar, la planta es hexagonal. Lo permitía la superficie edificable, pero es la nueva concepción de una iglesia que abre sus brazos a sus hijos, permitiéndoles acercarse en torno a la mesa, lo que definió este diseño. 

A esta arquitectura se le sumaría más tarde el diseño decorativo que configuran los bancos y su disposición.

También un novedad post-conciliar: no solamente en posición confrontada al altar sino circundándolo, generando una sensación de proximidad con el celebrante y el sacramento. En su diseño inicial la luminosidad no solo le viene dada por los grandes ventanales de levante y poniente, sino por la altura de la única nave a dos aguas. El sistema de iluminación inicialmente era bastante rudimentario: focos en el altar y grandes lámparas que colgaban del techo. Esta claridad aleja el misterio que la oscuridad de muchas iglesias ha conferido en otras épocas artísticas. La iglesia se concibe ahora no como signo de poder, sino como una casa que acoge en los barrios, no solamente para celebrar, sino para vivir: es pues un lugar de sacramento, de reunión, de aprendizaje, de socialización... Así se proyectan como algo novedoso espacios adyacentes a la nave central al servicio de los fieles (es una de las primeras iglesias en tener un lugar reservado para niños durante las celebraciones detrás de unos cristales). Capilla de comunión íntima y sencilla, sacristía y locales sociales completan la planta. Durante muchos años el sótano permaneció como única parte construida, como única nave, en la que se celebraban las diferentes actividades. Una vez levantada la parte superior, este espacio quedó al servicio de la iglesia, dándoseles diferentes usos, como una guardería, que a pesar de su sencillez y falta de acondicionamiento adecuado sirvió a gran número de familias con niños en edad preescolar.

 

Proyecto y realización

El sueño se hace realidad Pero, la tarea que el párroco tenía por delante no era fácil, en especial por tres aspectos: la financiación del proyecto, su planificación y su realización. Así, como describiremos a continuación, don Jaime llevó a cabo numerosas argucias con tal de poder llevar a cabo la construcción del nuevo templo.

En primer lugar, redactó 3.000 cartas que, con el permiso de D. Rafael (antiguo director del C.P. “Príncipe Don Juan Manuel” de Villena), repartió entre los alumnos de mayor edad de dicho centro. En las circulares informaba a las distintas familias del barrio de la construcción del nuevo templo, asimismo también les hacía saber que pasaría por los distintos hogares por si querían contribuir económicamente, laboralmente u organizando la búsqueda de los terrenos requeridos. El propio párroco recorrió todas las casas del barrio en busca de ayuda.

Entre tanto, nuestro querido párroco hacia avances en la búsqueda de los terrenos. Así, comenzó las negociaciones con el constructor don Bernardo Forte, el cual poseía casi la totalidad de los terrenos en los que se sitúa el templo actual. El sacerdote se informó sobre el precio por el que el mismo constructor había vendido los terrenos de alrededor, averiguando mediante dos hermanos, apodados “los cucos”, que el precio rondaba las 150 pesetas por metro cuadrado. Además, regateando, don Jaime consiguió que el precio bajara a 100 pesetas por metro cuadrado. Pero la bajada del precio no paró aquí, pues finalmente el vendedor, temeroso de ser criticado por cobrar en exceso a la Iglesia un terreno destinado a una obra de estas características, fijó el precio final en 50 pesetas por metro cuadrado. Pero como hemos dicho, Bernardo Forte no tenía en posesión todos los terrenos sobre los que se construyó el nuevo templo. La parte restante, de dimensiones mucho más pequeñas, pertenecía a doña María Bañón “la calera”. María vendió su trozo de terreno por 140 pesetas. De este modo, el terreno de la parroquia constaba en un inicio de casi la totalidad de la manzana en que está situada, a excepción del espacio en que actualmente se sitúa el edificio rojo con portal en la calle Tambor de Granaderos, número 2.

El arquitecto fue el valenciano D. Jaime García Matarredona, el cual concibió un templo de altura considerable con tal de hacerlo destacar, con vistas a que los alrededores serían urbanizados en el futuro. Realizó el proyecto y la dirección de las obras de forma gratuita, aunque nuestro párroco le obsequiara con algún regalo (vino, etc.) de vez en cuando y finalmente le otorgara 150.000 ptas. como gesto de agradecimiento.

Remodelaciones

La escasez de medios con la que se realizó la primera alzada dio como resultado una iglesia con una cubierta de uralita fría y con goteras. Así permaneció hasta el proyecto que el sacerdote D. Antonio Pajares presentó en el año 1999. Las remodelaciones comenzaron por la techumbre recubriendo la uralita con fibra aislante, gasto cuya cifra alcanzó los seis millones de pesetas que se obtuvieron de los fondos existentes de la parroquia, rifas y aportaciones de los fieles.

 

Pero D. Antonio consideró oportuno realizar una remodelación generalizada, no solo de la nave principal sino de los sótanos.

En la primera fase se ampliaron las oficinas para dar una mayor comodidad en la atención al público. Tras la cristalera donde los padres oían misa con los niños pequeños, se organizó la capilla del santísimo para celebrar la liturgia con grupos pequeños. Con posterioridad, la obra de mayor envergadura fue la remodelación del sótano con la pretensión de hacer un espacio de reunión de grupos y de comunidad. Se eliminaría la guardería y se proyectó un club parroquial en su lugar. Por último, también se remodeló la nave superior, de tal forma que se modificó la orientación. Desapareció el presbiterio adosado a la pared de levante y se proyectó un altar en el centro de la nave, alrededor del cual se dispondrían los bancos. La cabecera, decorada con inmensos iconos de Cristo Pantocrátor, la Anunciación y la Natividad, acoge en su parte central la imagen titular. De este modo, todo quedaría orientado al Norte. La pila bautismal también adquiere un protagonismo fundamental, apareciendo también en la parte central de la nave.

La concepción de iglesia cambia. Desaparece también el sagrario, reservado a partir de ese momento en la capilla del Santísimo.

Toda esta obra en su momento se presupuestó en 68 millones de pesetas.

Finalmente, la última remodelación importante que ha sufrido la parroquia ha sido el arreglo de los salones y despachos parroquiales, situados en el sótano, a cargo de don Agustín, párroco de la Paz, en el año 2006.

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